Todo brotó de una colisión de deseos tan dispar como necesaria: Paul quería fabricar una estructura y Nilsson solo quería quemar la suela de sus zapatos. A esa génesis se sumaron Fausto, Iván y Samu para terminar de engrasar una maquinaria que desprecia el artificio en favor de lo manual y lo inmediato. Su arsenal —caja de ritmos, saxo, bajo y guitarras que cortan como cristales— es el vehículo perfecto para un sonido que se construye piedra a piedra, por pura repetición y espasmo intuitivo. Hay en ellos un eco del post-punk más bailable de finales de los setenta, una pulsión que invita al trance físico mientras los sintetizadores terminan de perfilar un paisaje de puro vacile. Vienen a lo que vienen: a mover el esqueleto y a no dar explicaciones.