Lo de Esteban Perles no es una banda al uso, sino un territorio en tránsito perpetuo, una zona de colisión donde los lenguajes musicales se infectan mutuamente sin pedir permiso. Olvídense de los repertorios encorsetados; esta propuesta es un ecosistema libre y orgánico que fagocita desde el ambient más gélido y el jazz electrónico hasta la crudeza del punk y el misticismo ritual de la música gnawa.
Acompañado por Calde Ramírez —su aliado definitivo en este viaje lisérgico—, Perles despliega un directo expansivo en el que las máquinas, los samples, las percusiones y los ambientes sonoros dialogan de manera salvaje y en tiempo real. Es una experiencia diseñada no para ser escuchada, sino para inducir a un estado de hipnosis colectiva absoluta. Como si Jon Hassell se encerrara en un búnker industrial con un chamán africano.