Electrónica extraterrestre, synth punk crudo y polirritmos tribales. Olvida las fórmulas predecibles y la ortodoxia de manual; cuando K. Blackey y Rey Fernández se juntan en la cabina, lo que se desata no es una sesión de club al uso, sino una auténtica ceremonia pagana dedicada al hedonismo más oscuro y deforme. Estos dos agitadores culturales son parte de los cerebros indomables detrás del imaginario sonoro del «Anunnaki’s Club» de Aracena.
Su narrativa nocturna bascula con absoluta libertad entre la experimentación más radical y el desenfreno festivo, construyendo un discurso atmosférico que te vuela la cabeza. Es como si la visceralidad de Charles Burns se fusionara con el misticismo hipnótico de los ritmos ancestrales en una rave galáctica. Un viaje sónico de ida y sin retorno.